
Recuerdo hace casi dieciseis años… volvía yo algo afectado tras una larga noche madrileña e hice lo que cualquier chaval afortunado con acceso a parabólica haría en aquella época: enchufar la MTV para hacer un chill out en toda la regla en casa. En esto que se me ocurrió, bendita la hora, hacer zapping hasta Arte. Si, ese canal con un montón de documentales, pelis para gafapastas y otros programas rarunos. Lo que encontré me afectó al cerebro mucho más allá de lo razonable y dejó secuelas aún irreparables.
Y es que en ese momento la cadena franco alemana estaba emitiendo un documental del que no pude ver el nombre, pero que se me quedó grabado a fuego como una pesadilla inducida por ácido o alguna otra sustancia no recomendada por Santi Santamaría. Una pesadilla africana, más cerca del candomblé que de las matanzas de Rwanda y Sierra Leona. Pero casi casi tan terrorífica a ojos de un adolescente impresionable como yo.
Años después supe que el documental se llamaba Les Maitres Fous (Los jefes locos) y pertenecía a un documentalista francés de culto llamado Jean Rouch. Rouch grabó en Ghana en 1955 este espeluznante retrato de la vida secreta de una secta llamada Hauka, cuyos miembros se reunían una vez al año en un ritual macabro, una locura colectiva inducida por la droga que cualquiera diría que se trataban de zombies sacados de los extras de 28 Días Después.
La cuestión es que una serie de hombres normales, se reunían en un lugar de la selva para ponerse hasta el ojete de una droga autóctona. Los efectos, entre la cocaina y la belladona, llevaban a estos buenos paisanos a empezar a echar espuma por la boca, deambular espasmódicamente de un lado a otro creyéndose locomotoras y a participar de un teatro brutal y macabro en el que los participantes destrozaban la realidad tardocolonial de la época.
Cada participante adoptaba en este rito brutal un papel caricaturizado de las figuras mas prominentes de las entidades coloniales. El jefe militar, el gobernador, los ricos explotadores… Cada estamento recibía en esta macabra representación, más propia de Buñuel que de los docus gafapastas de cerocomasietes barceloneses, una despiadada crítica en una pantomima grotesca, salvaje y violenta en la que no faltaba de nada. Desde las citadas carreras de los locales con los ojos inyectados en sangre y gritando como posesos, hasta una magnífica escena inspiradora de holocausto canibal donde estos simpáticos cómicos desmembraban y devoraban crudo a un infortunado can que rondaba por allí. Todo ello revestido de la vacua y pervertida ceremoniosidad de los británicos explotadores, que degustaban té importado en tazas de porcelana mientras alrededor no había más que miseria y sufrimiento.
En realidad el documental es una locura tremenda, y poco puede extraer uno sobre la condición humana, porque los protagonistas van tan pasados de todo que cualquier parecido con un ser humano es pura coincidencia. Pero sirve de fascinante ventana a esa época donde se fraguaba el fin del colonialismo africano, desde el punto de vista de la población autóctona. Es un particular Viaje al Corazón de las Tinieblas donde África alcanza una necesaria y visceral catársis, en un espasmódico movimiento reflejo de una sociedad que se había visto sometida y saqueada durante muchos años.
Recomendable si tienes un estómago fuerte.

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